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martes, 12 de abril de 2011

La Princesa de fuego


La Princesa de fuego

Hubo una vez una princesa increíblemente rica, bella y sabia. Cansada de pretendientes falsos que se acercaban a ella para conseguir sus riquezas, hizo publicar que se casaría con quien le llevase el regalo más valioso, tierno y sincero a la vez. El palacio se llenó de flores y regalos de todos los tipos y colores, de cartas de amor incomparables y de poetas enamorados. Y entre todos aquellos regalos magníficos, descubrió una piedra; una simple y sucia piedra. Intrigada, hizo llamar a quien se la había regalado. A pesar de su curiosidad, mostró estar muy ofendida cuando apareció el joven, y este se explicó diciendo:
- Esa piedra representa lo más valioso que os puedo regalar, princesa: es mi corazón. Y también es sincera, porque aún no es vuestro y es duro como una piedra. Sólo cuando se llene de amor se ablandará y será más tierno que ningún otro.
El joven se marchó tranquilamente, dejando a la princesa sorprendida y atrapada. Quedó tan enamorada que llevaba consigo la piedra a todas partes, y durante meses llenó al joven de regalos y atenciones, pero su corazón seguía siendo duro como la piedra en sus manos. Desanimada, terminó por arrojar la piedra al fuego; al momento vio cómo se deshacía la arena, y de aquella piedra tosca surgía una bella figura de oro. Entonces comprendió que ella misma tendría que ser como el fuego, y transformar cuanto tocaba separando lo inútil de lo importante.
Durante los meses siguientes, la princesa se propuso cambiar en el reino, y como con la piedra, dedicó su vida, su sabiduría y sus riquezas a separar lo inútil de lo importante. Acabó con el lujo, las joyas y los excesos, y las gentes del país tuvieron comida y libros. Cuantos trataban con la princesa salían encantados por su carácter y cercanía, y su sola prensencia transmitía tal calor humano y pasión por cuanto hacía, que comenzaron a llamarla cariñosamente "La princesa de fuego".
Y como con la piedra, su fuego deshizo la dura corteza del corazón del joven, que tal y como había prometido, resultó ser tan tierno y justo que hizo feliz a la princesa hasta el fin de sus días

Autor.. Pedro Pablo Sacristán
Fuente: Cuentos para dormir

martes, 31 de agosto de 2010

El bigote de Juan


El bigote de Juan

Texto: Elsa Calzetta
Imagen: María Laura Díaz Domínguez

Fuente: La biblio de los chicos


La familia de Juan era famosa por sus bigotes. Todos admiraban el bigote del abuelo y al del papá, quien presumía por su bigote renegrido. El de su abuelita era amarillo, a diferencia del de su mamá, que era rojo y ondulado, como un camino de hormigas. Pero, a decir verdad, el bigote más interesante siempre había sido el de Juan, espeso y gordinflón como un escobillón.
Una mañana de verano Juan se levantó y como todos los días quiso peinar su bigote mirándose en el espejo, cuando descubrió que entre la nariz y la boca no había un solo pelo. Corrió hasta su cama y revisó en la almohada, entre las sábanas, bajo el colchón, pero el bigote no aparecía. En cambio encontró una moneda redonda y brillante.
Todos sabemos muy bien quién deja monedas junto a nuestra cama. Sí, el Ratoncito Pérez.
Juan estaba decidido a recuperar su bigote y salió a buscar al Ratoncito Pérez.
Pasó por la verdulería. Vos debés saber muy bien cómo le decimos al señor que vende verduras. Sí, muy bien: es el verdulero.
—Señor verdulero, ¿usted sabe dónde vive el Ratoncito Pérez?
—No —dijo el verdulero.
Juan siguió su camino y entró en la carnicería.
¿Cómo llamamos al señor que vende carne? Sí, lo llamamos carnicero.
—Señor carnicero, ¿usted sabe dónde vive el Ratoncito Pérez?
—No —dijo el carnicero.
Y lo mismo ocurrió al entrar a la panadería, y luego en la pastelería.
¿Cómo se llama el señor que vende pan? Panadero.
¿Y el que vende pasteles? Pastelero. ¡Muy bien!
Juan estaba desesperado, porque nadie sabía dónde vivía el Ratoncito Pérez. Estaba a punto de llorar, cuando con una enorme bolsa repleta de cartas, se acercó el señor que las reparte casa por casa.
¿Y cómo se llama este señor? Sí, muy bien: cartero.
—Señor cartero, ¿usted sabe dónde vive el Ratoncito Pérez?
—Sí, Juan, y casualmente debo entregarle una carta…
Caminaron hasta un árbol bellísimo. El cartero se agachó hasta el timbre que estaba junto a la pequeña puerta, en el tronco del árbol y salió el Ratoncito Pérez.
Juan se quedó mirándolo embelesado. El Ratoncito se había hecho una peluca preciosa con su bigote. Y le quedaba tan bonita, que a Juan le dio mucha pena quitársela. Así que regresó arrastrando los pies y los brazos colgando, porque así caminaba Juan cuando estaba triste.
Al llegar a su casa vio a su familia esperándolo en la vereda.
—¡Tenemos la solución! —gritaban a coro—. ¡Trajimos al señor que vende bigotes!
El señor tenía una caja enorme con toda clase de bigotes.
¿Cómo se llamará el señor que vende bigotes? Sí, bigotero, muy bien.
Juan eligió un bigote espeso y pinchudo como un escobillón y con la moneda que el Ratoncito Pérez le había dejado, lo compró.
Todos volvieron a estar muy felices y gritaban: “¡Viva, viva, Juan tiene el bigote más lindo de la Argentina!” Y llevaron en andas a Juan por todo el vecindario.

sábado, 14 de agosto de 2010

El gato mas grande que todo

El gato más grande que todo

Texto: Franco Vaccarini
Fuente: La Biblio de los chicos 

¿Qué pasa cuando un gato crece más que la casa, más que el Mundo, más que el Universo? En el sueño de Camila, éste problema tiene una explicación muy sencilla.


Camila tuvo un sueño.
Soñó que había ido al cine con la tía Ana y cuando volvieron a casa la mamá se estaba bañando, porque hacía mucho calor.
La mamá cantaba bajo la ducha:
“Una linda arveja
se cayó en la oreja
de la vieja Virueja
de Pico Picotueja.
La oreja se quejó
pero nadie la escuchó.
¿Quién escucha las quejas
de una pobre oreja?”
Después la tía Ana se fue del sueño y ahí vino la parte de miedo porque Camila vio un gato que no era como son los gatos normales. Éste era un gato que crecía. Que crecía y crecía. Camila comenzó a tener miedo y a tener más miedo y así fue que, en el sueño, se puso a gritar:
—¡Mami, vení, mami! ¡MAMAAÁ!
La mamá cerró la ducha y salió del baño, envuelta en una toalla, a ver qué pasaba.
El gato ya era tan grande, pero tan grande que no se veía: se había estirado como un globo, como esos globos que de tan hinchados se hacen transparentes. Y ahora la propia Camila, la casa, la mamá estaban adentro del globo. No, perdón: del gato.
—¿Qué te pasa, Cami? —preguntó la mamá, que tenía la punta de la nariz mojada.
La mamá se impresionó mucho cuando Camila le explicó que todo el aire que respiraban estaba hecho de gato. Ninguna de las dos sabía que soñaban.
La mamá preguntó:
—Pero Cami, ¿entonces el gato es más grande que la casa?
Camila le contestó muy seria:
—No, mami, más, más… ¡Más grande que el mundo!
—Entonces… ¿es como el Universo?
—Por lo menos es como el Universo. Pero me parece que un poco más —dijo Camila.
Y con la seguridad que sólo se puede tener en un sueño, le aseguró a la mamá:
—Mami, es sencillo. Nosotros estamos adentro de la casa, la casa está adentro del Mundo, el Mundo está adentro del Universo y el Universo está adentro de un gato. Y listo.

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sábado, 24 de julio de 2010

El sapo de río y la caracola de mar



El sapo de río y la caracola de mar

En el lugar más lindo del mapa había un río.
Un río que corría feliz entre las piedras; un río azul o celeste y a veces verde.
Nunca se sabía de qué color iba a estar el río al día siguiente, ni siquiera se podía saber a ciencia cierta de qué color iba a estar dentro de dos horas; porque eso dependía del sol y el sol es un poco caprichoso.
A veces iluminaba las aguas más de un lado que del otro y a veces más del otro que de éste, entonces el río parecía un tigre lleno de rayas de diferentes colores, que se estiraban para todos lados.
En el río azul, celeste o verde (como más les guste) vivía un sapo que de tantos años de vivir en el mismo lugar, se había hecho amigo de casi todos sus vecinos.
Entre ellos estaban las tres hormigas Negra, Negrusa y Negrona (que habían hecho su casa abajo de una planta grande); la lagartija Juana (a la que una vez alguien le cortó la cola pero que por suerte le volvió a crecer después que la puso en remojo) y algunos pájaros que cantaban mientras el agua azul, celeste y verde corría hacia quién sabe dónde.
Una tarde el sapo se había subido a un tronco que flotaba en el agua y cantaba feliz, porque había llegado la primavera.
—Las mariposas vuelan, el sol se levanta alegre, los pajaritos cantan, la lluvia así se espanta...
Tan distraído estaba con su canción que no se dio cuenta que el río corría como siempre y el tronco corría también.
—Los gusanitos bailan, las flores se despiertan los pececitos saltan, la lluvia así se espanta...
De pronto, al pasar cerca de unas piedras que formaban una cascada, el río tomó mucha velocidad y el sapo asustado dejó de cantar y se agarró fuerte de la única rama que tenía el tronco.
—¡Ay! ¡Aya ayaaaa! —comenzó a gritar. Pero nadie lo oía porque él ya estaba muy lejos de su casa.
Un gigante enorme lo envolvió entre sus brazos y en menos que canta un gallo, lo tiró muy lejos.
Sapo de Río cerró los ojos bien fuerte porque no quería ver y plín, purupúm, plón, cayó sobre la tierra dando un fuerte golpe.
Mientras el sapo veía todas las estrellas del cielo juntas oyó una voz a sus espaldas.
—¿Pero qué es esto que ven mis ojos?
—¡Por favor, por favor señor gigante no me coma! Mire que soy tan chiquito que no le voy a servir para nada —dijo el sapo sin abrir ni un poco así los ojos.
—Pero yo no te voy a comer porque no como sapos y además ¿de qué gigante estás hablando? Yo no veo ninguno cerca —dijo la voz.
El sapito tomó coraje y espió un poco para ver qué pasaba.
Estaba sentado sobre un montón de arena y frente a él bailaban dos palmeras al ritmo del viento.
Entonces se animó y abrió los ojos del todo para mirar mejor.
La que hablaba era una caracola, y al sapo le pareció muy hermosa; su cuerpo era de un color rosa suave, tan suave que parecía transparente y sus ojos brillaban como dos piedras lustradas. —Yo soy Caracola de Mar, ¿y vos?
—Yo soy Sapo de Río para lo que guste mandar —dijo el sapo que al fin de cuentas era un caballero.
De pronto el sapo recordó cómo había llegado hasta ese lugar.
—¿Y el gigante adónde se escondió?
—¡Y dale con el gigante! ¿Pero de qué gigante hablás?
—Hablo de ese que me agarró por atrás sin darme tiempo a nada, parecía todo de agua y con brazos de espuma.
La caracola empezó a reír y su risa parecía una campanita.
Con su voz dulce, le contó a Sapo de Río que estaban en la orilla del mar y que seguro una ola traviesa lo había empujado hasta tirarlo sobre la arena.
Durante el resto del día, la caracola y el sapo charlaron sin parar.
Al sapo le costaba entender que por haber navegado y navegado sobre un río había llegado al mar, pero la caracola miraba a lo lejos y repetía:
—Todos los ríos van al mar...
Entonces él, para no llevar la contra, decía:
—Es verdad... —y dejaba escapar un suspiro para que su respuesta pareciera más interesante.
Después de un rato de caminar y charlar, la caracola le dijo al sapito que por qué no se quedaba unos días y el sapo pensó que unas vacaciones no le hacen mal a nadie, entonces aceptó la invitación.
Al día siguiente, mientras paseaban por la playa, la caracola le presentó algunos amigos.
Así fue como Sapo de Río conoció a la Señora Roca de Arena que se deshacía de amor por el viento; a la estrellita de mar Miricundis, que venía de una familia muy refinada y a los hermanos Tolomeo y Cucusleto, que eran hipocampos o para hacerla más fácil, caballitos de mar.
A Sapo de Río le causaba mucha risa hablar con ellos, porque ante cualquier pregunta contestaban a coro:
—Veremos, veremos, después lo sabremos.
Entonces el sapo, a propósito, se la pasaba pregunta que te pregunta. —Hoy el sol ¿saldrá por la derecha o por la izquierda?
—Veremos, veremos, después lo sabremos...
—¿La luvia caerá de arriba para abajo o de abajo para arriba?
—-Veremos, veremos, después lo sabremos...
Y así Sapo de Río y Caracola de Mar se reían a carcajadas.
Pero un día pasó lo que en algún momento tenía que pasar.
El sol no salió ni por la derecha ni por la izquierda, ni de arriba para abajo ni de abajo para arriba.
Entonces el cielo se puso gris, la arena más húmeda que nunca y el viento resopló sin parar.
Después, con un solo relámpago y sin pedir permiso, apareció la lluvia.
Sapo de Río y Caracola de Mar se refugiaron atrás de una piedra grande y pusieron sobre sus cabezas una hoja de palmera que habían encontrado en la playa.
Algo raro pasaba, porque ninguno de los dos hablaba; parecía que el viento se había llevado todas las palabras muy lejos.
De pronto el sapo sintió unas cosquillas en su pecho, cerca del corazón, y sin pensarlo dos veces empezó a tararear:
—Las mariposas vuelan, el sol se levanta alegre, los pajaritos cantan, la lluvia así se espanta...
Pero no pudo seguir cantando porque un nudito le apretaba la garganta.
Para disimular dejó escapar un suspiro.
—Ah... qué será de mis amigas Negra, Negrusa y Negrona. ¿Habrán terminado por fin su casa?.
—Parece que va a seguir lloviendo —contestó la caracola mirando cómo el mar y el cielo se abrazaban.
—Ah... —volvió a decir el sapo—. ¿Cómo estará la lagartija Juana? ¿Le habrá crecido la cola lo suficiente?
—Tal vez salga el arco iris... —dijo la caracola—. Me encanta el arco iris...
—Ah —suspiró más fuerte el sapo—. ¿De qué color estará hoy mi río, azul, celeste o verde?
Esta vez la caracola no pudo responder porque las palabras se le habían hecho un ovillo adentro de la boca. Los que saben dicen que cuando llueve el mar se pone triste y contagia su tristeza al que lo mira.
¿Sería por eso que la caracola tenía ganas de llorar?
Después de uno o dos días, la lluvia se fue sin hacer ruido y Sapo de Río decidió que ya era hora de volver a su casa.
A la caracola le costó un poco entender esta decisión, pero lo pensó y se dió cuenta que extrañar es una cosa seria, así que fue ella misma la que habló con la Ballena Tita, para que llevara al sapito de regreso a su casa.
El día de la partida, todos estaban en la playa.
La estrella de Mar Miricundis agitaba en el aire un pañuelo blanco con puntilla de algas.
La señora Roca de Arena hacía fuerza para no soltar ni una lágrima porque a ella las despedidas la hacían llorar y si lloraba se deshacía y si se deshacía estaba lista.
Y los hermanos Tolomeo y Cucusleto que casi llegan tarde porque la corriente los empujaba para otro lado.
—Bueno llegó la hora de irme —dijo Sapo de Río.
—Te voy a extrañar —dijo la caracola poniéndose colorada.
—Yo también te voy a extrañar, espero que algún día puedas conocer mi río; no sabés lo lindo que es, con flores en la orilla y muchos árboles alrededor.
La Ballena Tita hizo sonar el silbato que anunciaba la partida.
—Bueno, adiós —dijo el sapo.
—¡Adiós y buen viaje! —dijo la caracola agitando su manito en el aire.
Plif, ploff, plaff, la ballena se fue hacia las aguas profundas, con el Sapo de Río a cuestas.
—¿Nos volveremos a ver? —alcanzó a preguntar el sapo mientras la ballena nadaba entre las olas.
—Veremos, veremos, después lo sabremos —gritaron Tolomeo y Cucusleto.
Entonces todos se rieron a carcajadas, y el mar se puso contento porque, dicen los que saben, que la felicidad también es contagiosa.


Autor: Samy Bayala
Ilustrado por Alexiev Gandman


Fuente: La biblio de los chicos (http://www.educared.org.ar/imaginaria/biblioteca)

viernes, 16 de julio de 2010

La guitarrita roja













La guitarrita roja

¿Sabías que las notas musicales se llaman: DO RE MI FA SOL LA SI?
Es importante que lo sepas para poder entender lo que te voy a contar.
¿Y qué te voy a contar? Lo que le pasó una vez al grillito Ignacio.
El día que Ignacio cumplió años, sus amigos le hicieron hermosos regalos, pero de todos, el que más le gustó fue la guitarra que le trajo el gusanito Esteban.
Era preciosa, de color rojo y adornada con estrellitas. Jamás existió una guitarra igual pero… ¿Sabés una cosa? Por más que Ignacio la tocaba y tocaba ¡no salía ningún sonido!, ninguna nota musical salía para buscar a otra nota y así, tomadas de las manos formar melodías en el aire…
—¡No puede ser! —gritó Esteban—. ¡La compré nueva!
—¡Vino fallada! —dijo Ignacio con ganas de ponerse a llorar— ¿Y ahora?
—Ahora… ahora… ¡Yo lo voy a solucionar! Esperame que dentro de un ratito vuelvo —afirmó Esteban y se fue.
El gusanito buscó una bolsa y dispuesto a encontrar notas musicales empezó a caminar por todos lados.
De pronto se encontró con un canario que cantaba desde su jaula, una canción preciosa.
Esteban se acercó y le preguntó:
—Señor canario, ¿me regala una nota musical para la guitarra de
Ignacio que no suena?
—¡Cómo no! ¡Tomá dos! —le dijo y le regaló un DO y un RE.
—¡Gracias! —dijo Esteban, puso las notas en la bolsita y siguió su camino.
Al ratito nomás se encontró con una cigarra. Parada sobre una rama cantaba y cantaba…
—¡Oiga, Doña Cigarra! ¿Me regala una nota musical para la guitarra de Ignacio que no suena?
—¡Cómo no! ¡Te doy dos! —y le regaló un MI y un FA.
Requetecontento el gusanito las guardó en la bolsa y siguió caminando.
De pronto, pasó al lado de un grillo que estaba cantándole una canción a su novia…
—Señor Grillo —dijo Esteban—. ¿Me regala una nota musical para la guitarra de Ignacio que no suena?
—¡Cómo no!, pero una sola porque esta canción me tiene que salir preciosa…
¡Te regalo un SOL!
—¡Gracias! —dijo Esteban. La guardó y se fue enseguida (para no molestar).
“¡Sólo faltan dos notas! ¿Quién me las dará? ¿Quién me las dará?”, pensaba
Esteban. Pensaba… pensaba…
De pronto escuchó salir de una ventana una dulcísima canción de cuna.
Esteban se asomó y vio a una mamá que cantaba para que su bebé se durmiera.
Las notas de la canción flotaban por el aire y sobre la cabeza del gusanito.
En voz baja Esteban les preguntó:
—Señoritas Notas, ¿alguna de ustedes puede venir a vivir a la guitarra de Ignacio que no suena?
—¡Vamos nosotras dos! —dijeron un LA y un SI, y se acomodaron solas dentro de la bolsa.
—¡Listo! ¡No falta ninguna! —dijo feliz Esteban y salió corriendo en puntas de pie.
Mientras tanto, Ignacio se había quedado dormido esperando a su amigo.
Esteban aprovechó y abrió la bolsa. Las siete notas musicales se acomodaron una por una en las cuerdas de la guitarra. Y así termina este cuento.
¡Ah! Si alguna noche calurosa, abrís tu ventana y escuchás la canción de un grillo, seguro pero seguro, que es Ignacio con su guitarrita roja.



Autor: Edith Mabel Russo
Ilustrado por Douglas Wright
Fuente: La biblio de los chicos (http://www.educared.org.ar/imaginaria/biblioteca)

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