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martes, 31 de agosto de 2010

El bigote de Juan


El bigote de Juan

Texto: Elsa Calzetta
Imagen: María Laura Díaz Domínguez

Fuente: La biblio de los chicos


La familia de Juan era famosa por sus bigotes. Todos admiraban el bigote del abuelo y al del papá, quien presumía por su bigote renegrido. El de su abuelita era amarillo, a diferencia del de su mamá, que era rojo y ondulado, como un camino de hormigas. Pero, a decir verdad, el bigote más interesante siempre había sido el de Juan, espeso y gordinflón como un escobillón.
Una mañana de verano Juan se levantó y como todos los días quiso peinar su bigote mirándose en el espejo, cuando descubrió que entre la nariz y la boca no había un solo pelo. Corrió hasta su cama y revisó en la almohada, entre las sábanas, bajo el colchón, pero el bigote no aparecía. En cambio encontró una moneda redonda y brillante.
Todos sabemos muy bien quién deja monedas junto a nuestra cama. Sí, el Ratoncito Pérez.
Juan estaba decidido a recuperar su bigote y salió a buscar al Ratoncito Pérez.
Pasó por la verdulería. Vos debés saber muy bien cómo le decimos al señor que vende verduras. Sí, muy bien: es el verdulero.
—Señor verdulero, ¿usted sabe dónde vive el Ratoncito Pérez?
—No —dijo el verdulero.
Juan siguió su camino y entró en la carnicería.
¿Cómo llamamos al señor que vende carne? Sí, lo llamamos carnicero.
—Señor carnicero, ¿usted sabe dónde vive el Ratoncito Pérez?
—No —dijo el carnicero.
Y lo mismo ocurrió al entrar a la panadería, y luego en la pastelería.
¿Cómo se llama el señor que vende pan? Panadero.
¿Y el que vende pasteles? Pastelero. ¡Muy bien!
Juan estaba desesperado, porque nadie sabía dónde vivía el Ratoncito Pérez. Estaba a punto de llorar, cuando con una enorme bolsa repleta de cartas, se acercó el señor que las reparte casa por casa.
¿Y cómo se llama este señor? Sí, muy bien: cartero.
—Señor cartero, ¿usted sabe dónde vive el Ratoncito Pérez?
—Sí, Juan, y casualmente debo entregarle una carta…
Caminaron hasta un árbol bellísimo. El cartero se agachó hasta el timbre que estaba junto a la pequeña puerta, en el tronco del árbol y salió el Ratoncito Pérez.
Juan se quedó mirándolo embelesado. El Ratoncito se había hecho una peluca preciosa con su bigote. Y le quedaba tan bonita, que a Juan le dio mucha pena quitársela. Así que regresó arrastrando los pies y los brazos colgando, porque así caminaba Juan cuando estaba triste.
Al llegar a su casa vio a su familia esperándolo en la vereda.
—¡Tenemos la solución! —gritaban a coro—. ¡Trajimos al señor que vende bigotes!
El señor tenía una caja enorme con toda clase de bigotes.
¿Cómo se llamará el señor que vende bigotes? Sí, bigotero, muy bien.
Juan eligió un bigote espeso y pinchudo como un escobillón y con la moneda que el Ratoncito Pérez le había dejado, lo compró.
Todos volvieron a estar muy felices y gritaban: “¡Viva, viva, Juan tiene el bigote más lindo de la Argentina!” Y llevaron en andas a Juan por todo el vecindario.

jueves, 26 de agosto de 2010

Memotest de Winnie Pooh

miércoles, 25 de agosto de 2010

Budín del abuelo con chispas de chocolate


Budín del abuelo con chispas de chocolate


Ingredientes:

1 Pote crema de leche de 200cc
1 Medida de azúcar
3 Huevos
1 cdita de esencia de vainilla
3 Medidas de harina leudante
5 Barritas de chocolate para taza o 100gr de chispas de chocolate

(La "Medida" que se utiliza es el pote de crema de leche vacío)

Preparación:

1) Encender el horno a temperatura moderada.
2) Enmantecar y enharinar un molde de budin.
3) Trozar las barritas de chocolate que no quede muy pequeñito tipo rayado porque se fundirá con la masa y no quedaran las chispas consistentes.
4) Llevar el chocolate a la heladera.
5) En un bol colocar la crema, los huevos, azúcar y esencia de vainilla, batir a minímo pero solo hasta unir los ingredientes.
6) Agregar una medida de harina y volver a batir solo hasta unir.
7) Agregar el segundo pote de harina y volver a batir en minimo para unir la preparación.
8) Agregar el ultimo pote de harina, unir y batir con batidora eléctrica en máximo durante 3 minutos o a mano enérgicamente 5 minutos.
9) Agregar las chispas de chocolate y revolver con cuchara de madera en forma envolvente, no utilizar batidora en este paso para no pulverizar el chocolate.
10) Colocar la preparación en la budinera y llevar al horno precalentado a 180º (fuego moderado como los bizcochuelos).
11) Cocinar durante una hora, a los 45 minutos ya se puede introducir un cuchillo limpio y seco en el centro para ver si ya está listo.
12) Retirar del horno, esperar 5 minutos y desmoldar.

Y aqui un paso a paso en fotos:

Vistiendo a una sirena

Decorá tu helado

lunes, 16 de agosto de 2010

Fábula ancestral (La bella y la bestia)

 
 
Fábula ancestral
(La bella y la bestia) 
 
Fábula ancestral
sueño echo verdad
bella y esa fealdad
juntos hallaran mas que una amistad

algo alli cambio
en su corazon
una historia ideal
magico final, bella y bestia son

siempre sera igual
siempre sin pensar
siempre existira
como la verdad, de que el sol saldra

fabula ancestral
canto celestial
es tan singular
que te hacer cambiar, lo que estaba mal

fabula ancestral
canto celestial
es tan singular
que te hace cambiar, lo que estaba mal

siempre como el sol(x2)
surge la ilusion
fabula ancestral
musica inmortal

bella y bestia son
fabula ancestral
musica inmortal
bella y bestia son
 
 

Blancanieves y los siete enanitos



Blancanieves y los siete enanitos

Era un crudo día de invierno, y los copos de nieve caían del cielo como blancas plumas. La reina cosía junto a una ventana, cuyo marco era de ébano. Y como mientras cosía miraba caer los copos, con la aguja se pinchó un dedo, y tres gotas de sangre fueron a caer sobre la nieve. El rojo de la sangre destacaba bellamente sobre el fondo blanco, y ella pensó: «¡Ah, si pudiese tener una hija que fuese blanca como nieve, roja como sangre y negra como el ébano de esta ventana!». No mucho tiempo después le nació una niña que era blanca como la nieve, sonrosada como la sangre y de cabello negro como la madera de ébano; y por eso le pusieron por nombre Blancanieves. Pero al nacer ella, murió la Reina.

Un año más tarde, el Rey volvió a casarse. La nueva reina era muy bella, pero orgullosa y altanera, y no podía soportar que nadie la aventajase en hermosura. Tenía un espejo prodigioso, y cada vez que se miraba en él, le preguntaba:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Y el espejo le contestaba, invariablemente:

«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país».

La Reina quedaba satisfecha, pues sabía que el espejo decía siempre la verdad.

Blancanieves fue creciendo y se hacía más bella cada día. Cuando cumplió los siete años, era tan hermosa como la luz del día, y mucho más que la misma Reina. Al preguntar ésta un día al espejo:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

respondió el espejo:

«Señora Reina, vos sois como una estrella,
pero Blancanieves es mil veces más bella».

La Reina se espantó, palideciendo de envidia y, desde entonces, cada vez que veía a Blancanieves sentía revolvérsele el corazón; tal era el odio que abrigaba contra ella. Y la envidia y la soberbia, como las malas hierbas, crecían cada vez más altas en su alma, no dejándole un instante de reposo, de día ni de noche. Finalmente, llamó un día a un montero y le dijo:

Llévate a la niña al bosque, no quiero tenerla más tiempo ante mis ojos. La matarás, y en prueba de haber cumplido mi orden, me traerás sus pulmones y su hígado.

Obedeció el cazador y se marchó al bosque con la muchacha. Pero cuando se disponía a clavar su cuchillo de monte en el inocente corazón de la niña, ésta se echó a llorar:

—¡Piedad, buen cazador, déjame vivir! —suplicaba—. Me quedaré en el bosque y jamás volveré a palacio.

Y era tan hermosa que el cazador, apiadándose de ella, le dijo:

—¡Márchate, pues, pobrecilla! —y pensó—: No tardarán las fieras en devorarte.

Y, sin embargo, le pareció como si se le quitase una piedra del corazón al no tener que matarla. Y como acertara a pasar por allí un jabatillo, lo degolló, le sacó los pulmones y el hígado, y se los llevó a la Reina como prueba de haber cumplido su mandato. La perversa mujer los entregó al cocinero para que se los guisara, y se los comió convencida de que comía la carne de Blancanieves.

La pobre niña se encontró sola y abandonada en el inmenso bosque. Se moría de miedo, y el menor movimiento de las hojas de los árboles le daba un sobresalto. No sabiendo qué hacer, echó a correr por entre espinos y piedras puntiagudas, y los animales de la selva pasaban saltando por su lado sin causarle el menor daño. Siguió corriendo mientras la llevaron los pies y hasta que se ocultó el sol. Entonces vio una casita y entró en ella para descansar.

Todo era diminuto en la casita, pero tan primoroso y limpio, que no hay palabras para describirlo. Había una mesita cubierta con un mantel blanquísimo, con siete minúsculos platitos y siete vasitos; y al lado de cada platito había su cucharilla, su cuchillito y su tenedorcito. Alineadas junto a la pared se veían siete camitas, con sábanas de inmaculada blancura.

Blancanieves, como estaba muy hambrienta, comió un poquitín de legumbres y un bocadito de pan de cada platito, y bebió una gota de vino de cada copita, pues no quería tomarlo todo de uno solo. Luego, sintiéndose muy cansada, quiso echarse en una de las camitas; pero ninguna era de su medida: resultaba demasiado larga o demasiado corta; hasta que, por fin, la séptima le vino bien; se acostó en ella, se encomendó a Dios y quedó dormida.

Cerrada ya la noche, llegaron los dueños de la casita, que eran siete enanos que se dedicaban a excavar minerales en el monte. Encendieron sus siete lamparillas y, al iluminarse la habitación, vieron que alguien había entrado en ella, pues las cosas no estaban en el orden en que ellos las habían dejado al marcharse.

Dijo el primero:

—¿Quién se sentó en mi sillita?

El segundo:

—¿Quién ha comido de mi platito?

El tercero:

—¿Quién ha cortado un poco de mi pan?

El cuarto:

—¿Quién ha comido de mi verdurita?

El quinto:

—¿Quién ha pinchado con mi tenedorcito?

El sexto:

—¿Quién ha cortado con mi cuchillito?

Y el séptimo:

—¿Quién ha bebido de mi vasito?

Luego el primero, dándose una vuelta por la habitación, viendo un pequeño hueco en su cama, exclamó alarmado:

—¿Quién se ha subido en mi camita?

Acudieron corriendo los demás y exclamaron todos:

—¡Alguien estuvo echado en la mía!

Pero el séptimo, al examinar la suya, descubrió a Blancanieves, dormida en ella. Llamó entonces a los demás, los cuales acudieron presurosos y no pudieron reprimir sus exclamaciones de admiración cuando, acercando las siete lamparillas, vieron a la niña.

—¡Oh, Dios mío; oh, Dios mío! —decían—; ¡qué criatura más hermosa!

Y fue tal su alegría, que decidieron no despertarla y dejar que siguiera durmiendo en la camita. El séptimo enano se acostó junto a sus compañeros, una hora con cada uno, y así transcurrió la noche.

Al clarear el día se despertó Blancanieves y, al ver a los siete enanos, tuvo un sobresalto. Pero ellos la saludaron afablemente y le preguntaron:

—¿Cómo te llamas?

—Me llamo Blancanieves —respondió ella.

—¿Y cómo llegaste a nuestra casa? —siguieron preguntando los hombrecillos.

Entonces ella les contó que su madrastra había dado orden de matarla, pero que el cazador le había perdonado la vida, y ella había estado corriendo todo el día, hasta que, al atardecer, encontró la casita.

Dijeron los enanos:

—¿Quieres cuidar de nuestra casa? ¿Cocinar, hacer las camas, lavar, remendar la ropa y mantenerlo todo ordenado y limpio? Si es así, puedes quedarte con nosotros y nada te faltará.

—¡Sí! —exclamó Blancanieves—. Con mucho gusto —y se quedó con ellos.

A partir de entonces, cuidaba la casa con todo esmero. Por la mañana, ellos salían a la montaña en busca de mineral y oro, y al regresar por la tarde, encontraban la comida preparada. Durante el día, la niña se quedaba sola, y los buenos enanitos le advirtieron:

—Guárdate de tu madrastra, que no tardará en saber que estás aquí. ¡No dejes entrar a nadie!

La Reina, entretanto, desde que creía haberse comido los pulmones y el hígado de Blancanieves, vivía segura de volver a ser la primera en belleza. Acercose un día al espejo y le preguntó:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Y respondió el espejo:

«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella,
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella».

La Reina se sobresaltó, pues sabía que el espejo jamás mentía, y se dio cuenta de que el cazador la había engañado, y que Blancanieves no estaba muerta. Pensó entonces otra manera de deshacerse de ella, pues mientras hubiese en el país alguien que la superase en belleza, la envidia no la dejaba reposar. Finalmente, ideó un medio. Se tiznó la cara y se vistió como una vieja buhonera, quedando completamente desconocida. Así disfrazada, se dirigió a las siete montañas y, llamando a la puerta de los siete enanitos, gritó:

—¡Vendo cosas buenas y bonitas!

Blancanieves se asomó a la ventana y le dijo:

—¡Buenos días, buena mujer! ¿Qué traéis para vender?

—Cosas finas, cosas finas —respondió la Reina—. Lazos de todos los colores —y sacó uno trenzado, de seda multicolor.

«Bien puedo dejar entrar a esta pobre mujer», pensó Blancanieves, y, abriendo la puerta, compró el primoroso lacito.

—¡Qué linda eres, niña! —exclamó la vieja—. Ven, que yo misma te pondré el lazo.

Blancanieves, sin sospechar nada, se puso delante de la vendedora para que le atase la cinta alrededor del cuello, pero la bruja lo hizo tan bruscamente y apretando tanto, que a la niña se le cortó la respiración y cayó como muerta.

—¡Ahora ya no eres la más hermosa! —dijo la madrastra, y se alejó precipitadamente.

Al cabo de poco rato, ya anochecido, regresaron los sietes enanos. Imaginad su susto cuando vieron tendida en el suelo a su querida Blancanieves, sin moverse, como muerta. Corrieron a incorporarla y viendo que el lazo le apretaba el cuello, se apresuraron a cortarlo. La niña comenzó a respirar levemente, y poco a poco fue volviendo en sí. Al oír los enanos lo que había sucedido, le dijeron:

—La vieja vendedora no era otra que la malvada Reina. Guárdate muy bien de dejar entrar a nadie, mientras nosotros estemos ausentes.

La mala mujer, al llegar a palacio, corrió ante el espejo y le preguntó:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Y respondió el espejo, como la vez anterior:

«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella; pero mora en la montaña, con los enanitos, Blancanieves, que es mil veces más bella».

Al oírlo, del despecho toda la sangre le afluyó al corazón, pues vio que Blancanieves continuaba viviendo. «Esta vez —se dijo— idearé una treta de la que no te escaparás», y valiéndose de las artes diabólicas en que era maestra, fabricó un peine envenenado. Luego volvió a disfrazarse, adoptando también la figura de una vieja, y se fue a las montañas y llamó a la puerta de los siete enanos.

—¡Buena mercancía para vender! —gritó.

Blancanieves, asomándose a la ventana, le dijo:

—Seguid vuestro camino, que no puedo abrir a nadie.

—¡Al menos podrás mirar lo que traigo! —dijo la vieja y, sacando el peine, lo levantó en el aire. Le gustó tanto el peine a la niña, que olvidándose de todas las advertencias, abrió la puerta.

Cuando se hubieron puesto de acuerdo sobre el precio dijo la vieja:

—Ven que te peine como Dios manda.

La pobrecilla, no pensando nada malo, dejó hacer a la vieja; mas apenas hubo ésta clavado el peine en el cabello, el veneno produjo su efecto y la niña se desplomó insensible.

—¡Dechado de belleza —exclamó la malvada bruja—, ahora sí que estás lista! —y se marchó.

Pero, afortunadamente, faltaba poco para la noche, y los enanitos no tardaron en regresar. Al encontrar a Blancanieves inanimada en el suelo, enseguida sospecharon de la madrastra y, buscando, descubrieron el peine envenenado. Se lo quitaron y, al momento, volvió la niña en sí y les explicó lo ocurrido. Ellos le advirtieron de nuevo que debía estar alerta y no abrir la puerta a nadie.

La Reina, de nuevo en palacio, fue directamente a su espejo:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Y, como las veces anteriores, respondió el espejo:

«Señora Reina, vos sois aquí como una estrella;
pero mora en la montaña, con los enanitos,
Blancanieves, que es mil veces más bella».

Al oír estas palabras del espejo, la malvada bruja se puso a temblar de rabia.

—¡Blancanieves morirá —gritó—, aunque me haya de costar a mí la vida!

Y, bajando a una cámara secreta donde nadie tenía acceso sino ella, preparó una manzana con un veneno de lo más virulento. Por fuera era preciosa, blanca y sonrosada, capaz de hacer la boca agua a cualquiera que la viese. Pero un solo bocado significaba la muerte segura. Cuando tuvo preparada la manzana, se pintó nuevamente la cara, se vistió de campesina y se encaminó a las siete montañas, a la casa de los siete enanos.

Llamó a la puerta. Blancanieves asomó la cabeza a la ventana y dijo:

—No debo abrir a nadie; los siete enanitos me lo han prohibido.

—Como quieras —respondió la campesina—. Pero yo quiero deshacerme de mis manzanas. Mira, te regalo una.

—No —contestó la niña—, no puedo aceptar nada.

—¿Temes acaso que te envenene? —dijo la vieja—. Fíjate, corto la manzana en dos mitades: tú te comes la parte roja, y yo, la blanca.

La fruta estaba preparada de modo que sólo el lado encarnado tenía veneno. Blancanieves miraba la fruta con ojos codiciosos, y cuando vio que la campesina la comía, no pudo ya resistir. Alargó la mano y cogió la mitad envenenada. Pero no bien se hubo metido en la boca el primer trocito, cayó en el suelo, muerta. La Reina la contempló con una mirada de rencor, y, echándose a reír, dijo:

—¡Blanca como la nieve; roja como la sangre; negra como el ébano! Esta vez, no te resucitarán los enanos.

Y cuando, al llegar a palacio, preguntó al espejo:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Le respondió el espejo, al fin:

«Señora Reina, vos sois la más hermosa en todo el país»

Sólo entonces se aquietó su envidioso corazón, suponiendo que un corazón envidioso pueda aquietarse. Los enanitos, al volver a su casa aquella noche, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, sin que de sus labios saliera el hálito más leve. Estaba muerta. La levantaron, miraron si tenía encima algún objeto emponzoñado, la desabrocharon, le peinaron el pelo, la lavaron con agua y vino, pero todo fue inútil. La pobre niña estaba muerta y bien muerta. La colocaron en un ataúd, y los siete, sentándose alrededor, la estuvieron llorando por espacio de tres días. Luego pensaron en darle sepultura; pero viendo que el cuerpo se conservaba lozano, como el de una persona viva, y que sus mejillas seguían sonrosadas, dijeron:

—No podemos enterrarla en el seno de la negra tierra —mandaron fabricar una caja de cristal transparente que permitiese verla desde todos lados. La colocaron en ella y grabaron su nombre con letras de oro: «Princesa Blancanieves». Después transportaron el ataúd a la cumbre de la montaña y uno de ellos, por turno, estaba siempre allí haciéndole vela. Y hasta los animales acudieron a llorar a Blancanieves: primero, una lechuza; luego, un cuervo y, finalmente, una palomita.

Y así estuvo Blancanieves mucho tiempo, reposando en su ataúd, sin descomponerse, como dormida, pues seguía siendo blanca como la nieve, roja como la sangre y con el cabello negro como ébano.

Sucedió, empero, que un príncipe que se había metido en el bosque, se dirigió a la casa de los enanitos para pasar la noche. Vio en la montaña el ataúd que contenía a la hermosa Blancanieves y leyó la inscripción grabada con letras de oro. Dijo entonces a los enanos:

—Dadme el ataúd. Os pagaré por él lo que me pidáis.

Pero los enanos contestaron:

—Ni por todo el oro del mundo lo venderíamos.

—En tal caso, regaládmelo —propuso el príncipe—, pues ya no podré vivir sin ver a Blancanieves. La honraré y reverenciaré como a lo que más quiero.

Al oír estas palabras, los hombrecillos sintieron compasión del príncipe y le regalaron el féretro. El príncipe mandó que sus criados lo transportasen en hombros. Pero ocurrió que en el camino tropezaron contra una mata, y de la sacudida saltó del cuello de Blancanieves el bocado de la manzana envenenada, que todavía tenía atragantado. Y, al poco rato, la princesa abrió los ojos y recobró la vida.

Levantó la tapa del ataúd, se incorporó y dijo:

—¡Dios Santo!, ¿dónde estoy?

Y el príncipe le respondió, loco de alegría:

—Estás conmigo —y, después de explicarle todo lo ocurrido, le dijo:

—Te quiero más que a nadie en el mundo. Vente al castillo de mi padre y serás mi esposa.

Accedió Blancanieves y se marchó con él al palacio, donde enseguida se dispuso la boda, que debía celebrarse con gran magnificencia y esplendor. A la fiesta fue invitada también la malvada madrastra de Blancanieves. Una vez se hubo ataviado con sus vestidos más lujosos, fue al espejo y le preguntó:

«Espejito en la pared, dime una cosa:
¿quién es de este país la más hermosa?».

Y respondió el espejo:

«Señora Reina, vos sois como una estrella,
pero la reina joven es mil veces más bella».

La malvada mujer soltó una palabrota y tuvo tal sobresalto, que quedó como fuera de sí. Su primer propósito fue no ir a la boda, pero la inquietud la roía, y no pudo resistir al deseo de ver a aquella joven reina. Al entrar en el salón reconoció a Blancanieves, y fue tal su espanto y pasmo, que se quedó clavada en el suelo, sin poder moverse.

sábado, 14 de agosto de 2010

El gato mas grande que todo

El gato más grande que todo

Fragmento de una imagen por María Laura Díaz DomínguezTexto: Franco Vaccarini
Imagen: María Laura Díaz Domínguez

Fuente: La Biblio de los chicos 

¿Qué pasa cuando un gato crece más que la casa, más que el Mundo, más que el Universo? En el sueño de Camila, éste problema tiene una explicación muy sencilla.

Imagen por María Laura Díaz Domínguez
Camila tuvo un sueño.
Soñó que había ido al cine con la tía Ana y cuando volvieron a casa la mamá se estaba bañando, porque hacía mucho calor.
La mamá cantaba bajo la ducha:
“Una linda arveja
se cayó en la oreja
de la vieja Virueja
de Pico Picotueja.
La oreja se quejó
pero nadie la escuchó.
¿Quién escucha las quejas
de una pobre oreja?”
Después la tía Ana se fue del sueño y ahí vino la parte de miedo porque Camila vio un gato que no era como son los gatos normales. Éste era un gato que crecía. Que crecía y crecía. Camila comenzó a tener miedo y a tener más miedo y así fue que, en el sueño, se puso a gritar:
—¡Mami, vení, mami! ¡MAMAAÁ!
La mamá cerró la ducha y salió del baño, envuelta en una toalla, a ver qué pasaba.
El gato ya era tan grande, pero tan grande que no se veía: se había estirado como un globo, como esos globos que de tan hinchados se hacen transparentes. Y ahora la propia Camila, la casa, la mamá estaban adentro del globo. No, perdón: del gato.
—¿Qué te pasa, Cami? —preguntó la mamá, que tenía la punta de la nariz mojada.
La mamá se impresionó mucho cuando Camila le explicó que todo el aire que respiraban estaba hecho de gato. Ninguna de las dos sabía que soñaban.
La mamá preguntó:
—Pero Cami, ¿entonces el gato es más grande que la casa?
Camila le contestó muy seria:
—No, mami, más, más… ¡Más grande que el mundo!
—Entonces… ¿es como el Universo?
—Por lo menos es como el Universo. Pero me parece que un poco más —dijo Camila.
Y con la seguridad que sólo se puede tener en un sueño, le aseguró a la mamá:
—Mami, es sencillo. Nosotros estamos adentro de la casa, la casa está adentro del Mundo, el Mundo está adentro del Universo y el Universo está adentro de un gato. Y listo.

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jueves, 12 de agosto de 2010

Galletitas de chocolate rápidas



Galletitas de chocolate rápidas


Ingredientes:
225 grs manteca
100 grs azúcar
1 cucharadita de esencia de vainilla
50 grs cacao en polvo
225 grs harina
1 cucharadita levadura
Leche cantidad necesaria

Preparación
Batir la manteca, la esencia de vainilla y el azúcar en un bol, hasta que forme una crema homogénea.

Luego, mezclar en otro bol la harina, el cacao y la levadura, junto con una pizca de sal para quitar el ácido de la preparación. Una vez que estén bien mezcladas, ir echando la harina en forma de lluvia en la crema de azúcar y manteca, mientras revolver constantemente.

Ahora sí es es momento de poner manos a la masa: amasar bien hasta conseguir una masa homogénea y húmeda, si hace falta líquido échar un poco de leche.

Llegó el momento creativo, ir formando las figuras que más le gustan para sus galletas de chocolate, usando moldes cortantes de repostería o las manos. También se puede mejorar el sabor poniendo chispitas de chocolates.

En una placa en mantecada y enharinada, colocar las galletas y las dejan cocinar durante 20 minutos a horno moderado. Y luego a empacharse!!!!

Mi príncipe vendrá (Blancanieves)



Mi príncipe vendrá
(Canción de Blancanieves)

Fue tal el romance
que no resistí.

Un día encantador
mi príncipe vendrá
y dichosa en sus brazos iré
a un castillo hechizado de amor.

-¡Bah, pamplinas!

Un día volverá
rendido de pasión.
Y por fin mi sueño
se realizará.
Lo siento en mi corazón.





Yo soy tu amigo fiel (Toy Story)



Yo soy tu amigo fiel
(Toy Story)

Yo soy tu amigo fiel
yo soy tu amigo fiel
y si un dia
tu te encuentras lejos muy lejos de tu lindo hogar
cierra los ojos y recuerda que:
yo soy tu amigo fiel
si, yo soy tu amigo fiel!!

Yo soy tu amigo fiel
yo soy tu amigo fiel
tienes problemas..yo tambien
no hay nada que no pueda hacer por ti
y estando JUNTOS TODO MARCHA BIEN!
pues yo soy tu amigo fiel
si, yo soy tu amigo fiel

Tal vez hay seres mas inteligentes,
mas fuertes y grandes tambien, (tal vez)
ninguno de ellos te querra como yo a ti
mi fiel amigo

Nuestra gran amistad
el tiempo no borrara
ya lo veras no terminara

Yo soy tu amigo fiel
Yo soy tu amigo fiel
Si, Yo soy tu amigo fiel


miércoles, 11 de agosto de 2010

Pulgarcita


PULGARCITA
Autor: H. C. Andersen

Cierta vez hubo una mujer que deseaba muchísimo tener un hijo, sin que le fuera concedida la realización de ese deseo. Finalmente fue a hablar con un hada y le dijo:
-Mi mayor ambición es tener un niñito. ¿Puedes decirme dónde podría encontrar uno?
-Eso es fácil de resolver -contestó el hada-. Aquí tienes un grano de cebada de una clase muy diferente de aquella que crece en los campos y que se echa de comer a los pollos. Plántala en esa maceta y verás lo que pasa.
-¡Gracias! -respondió la mujer, y dio al hada doce monedas de cobre, que era el precio de la cebada.
Luego se fue a su casa y la plantó. Enseguida creció una flor hermosa y grande, de aspecto semejante al de un tulipán, pero con pétalos tan apretados como si fuera todavía un pimpollo.
"La flor es muy linda" -dijo la mujer, y dio un beso a los pétalos dorados y rojos. Al hacerlo, la flor se abrió, y la mujer vio que se trataba realmente de un tulipán.
Dentro de la flor, sobre los verdes y aterciopelados estambres, estaba sentada una delicada y graciosa doncellita, cuyo tamaño era escasamente la mitad del largo de un dedo pulgar. Al verla tan pequeña, le dieron el nombre de Pulgarcita. A modo de cuna le trajeron una cáscara de nuez, elegantemente pulida, con un colchón de pétalos de violeta y otro de rosa como colcha. Allí dormía por la noche, pero durante el día jugueteaba en la mesa, donde la mujer colocaba un plato lleno de agua; alrededor del plato ponía flores, con los tallos sumergidos en el agua, y sobre ésta hacía flotar un amplio pétalo de tulipán que le servía a Pulgarcíta a manera de embarcación. La muchachita se sentaba en el bote y remaba de un lado a otro del plato, con dos remos hechos de cerda. Y era una visión encantadora. Pulgarcita cantaba con una voz tan suave y tenue que su canto era algo como nunca jamás se oyera antes. Una noche en que ella dormía en su camita, un sapo feo, grande y húmedo se introdujo a través de un vidrio roto de la ventana y saltó a la mesa sobre la cual estaba la cáscara de nuez y dentro de ella la niña bajo su pequeña colcha de rosa.
"¡Qué linda esposita para mi hijo!" -se dijo el sapo. Y con esto se llevó la cáscara de nuez con Pulgarcita dormida en su interior, y saltó por el agujero de la ventana al jardín.
El sapo y su hijo vivían en el borde fangoso de una ancha corriente de agua. El sapo joven era más feo aún que su padre. Al ver a la muchachita en su elegante lecho, sólo atinó a exclamar: "Croac, croac, croac".
-No hables tan fuerte, o se despertará -protestó el sapo viejo-. Y podría escaparse, pues es tan ligera como un plumón de cisne. La pondremos sobre una hoja de nenúfar, en la corriente. Será como una isla para ella, porque ¡es tan pequeña! y no podrá fugarse. Y mientras ella se queda allí nosotros prepararemos a toda prisa una habitación lujosa bajo el pantano, para que te la lleves a vivir cuando te hayas casado.
En el medio de la corriente de agua crecían unos nenúfares de anchas hojas verdes, que parecían flotar sobre el agua. La más grande de dichas hojas sobresalía de la superficie mucho más que las otras, y hacia ella nadó el viejo sapo llevando la cáscara de nuez en que Pulgarcita dormía aún.
La niña se despertó temprano aquella mañana, y al ver dónde se encontraba rompió a llorar amargamente. No podía ver nada más que agua a los lados de la gran hoja verde, y sin que hubiera manera alguna de llegar a tierra. Mientras tanto, el viejo sapo estaba muy ocupado bajo el pantano, decorando la habitación con junquillos y otras flores silvestres, para ponerla bonita y digna de su nuera. Luego se echó a nadar junto con su feísimo hijo hacia la hoja donde antes había colocado a la pobre Pulgarcita.
Deseaba llevarse la camita para colocarla en la cámara nupcial y que estuviera lista para cuando la joven la estrenara. Al llegar inclinó la cabeza en el agua y explicó:
-Este es mi hijo. Será tu marido, y ambos viviréis juntos y felices en el pantano, junto al agua.
-Croac, croac, croac -fue todo lo que pudo decir su hijo. Y ambos sapos tomaron la elegante camita y se alejaron nadando con ella, dejando a Pulgarcita enteramente sola sobre su hoja verde, sentada y llorando. La muchachita no podía soportar la idea de vivir en compañía del sapo viejo y con su feísimo hijo por marido. Los pececitos que nadaban a sus pies habían visto al sapo y oído lo que ella decía, y sacaban las cabecitas por sobre la superficie para contemplarla. En cuanto la vieron advirtieron que la niña era muy bonita, y los apenó el pensar que tendría que irse a vivir con los horribles sapos.
-No eso no debe ocurrir, nunca -dijeron, y se reunieron en el agua en torno del tallo verde que sostenía la hoja que servía de apoyo a la muchachita, y royeron la planta a la altura de la raíz con sus dientes. La hoja flotó a la deriva, alejándose en la corriente y llevándose a Pulgarcita lejos, fuera del alcance de los dos sapos.
Pulgarcita siguió así navegando, pasando a lo largo de muchas aldeas y ciudades. Los pájaros que la contemplaban al pasar cantaban "¡Qué hermosa criatura!" La hoja siguió bogando con ella, más y más lejos, hasta que tocó tierra en otro país. Una bonita mariposa blanca que venía revoloteando alrededor de Pulgarcita se posó por fin sobre la hoja. Aquello agradó a la muchacha, ahora que el sapo ya no podía alcanzarla, que las tierras por donde transitaba eran hermosas y que el sol brillaba sobre las aguas como oro líquido. Se quitó el cinturón y ató un extremo al cuerpo de la mariposa y otro a la hoja, que se deslizó así mucho más veloz que antes, llevando a su bordo a la niña. En eso estaban cuando pasó volando un gran abejorro, y en cuanto vio a Pulgarcita la asió con sus patas y voló con ella hacía un árbol. La hoja verde siguió flotando en el arroyo, a remolque de la mariposa, pues el animalito estaba atado a ella y no podía soltarse.
¡Oh, cómo se asustó la pequeña Pulgarcita al ver que el abejorro se la llevaba al árbol! Lo sintió más que nada por la bonita mariposa blanca atada a la hoja, que no podría liberarse y moriría de hambre. Pero al abejorro no le preocupó en absoluto el problema. Se sentó -con la joven a su lado- sobre una hoja del árbol, le dio a comer un poco de miel de las flores y le dijo que era muy bonita, aunque de ninguna manera tanto como la hembra de un abejorro. Un rato después todos los abejorros que vivían en el árbol se acercaron a visitarla. Se quedaron contemplando a la muchacha, y luego las jóvenes hembras dieron vuelta las antenas y dijeron: "Sólo tiene dos piernas. ¡Qué fea!"
-Y no tiene antenas -comentó otra.
-Y tiene la cintura muy delgada. Es como un ser humano. ¡Vaya si es fea! -dijeron todas las hembras de abejorro, aunque Pulgarcita era muy bonita.
El abejorro que había huido con ella creyó lo que decían los otros al afirmar que Pulgarcita era fea, y no quiso saber nada más con ella. Le dijo, pues, que podía irse adonde quisiera. Luego la bajó del árbol en sus alas, y la colocó sobre una margarita, donde la niña se quedó llorando ante la idea de que era tan fea que ni los mismos abejorros se interesaban por hablar con ella. Y era en realidad la más encantadora criatura que pueda imaginarse, tan tierna y delicada como el pétalo de una rosa.
Durante todo el verano la pobre Pulgarcita permaneció sola en la selva. Se tejió un lecho con hojas de césped y lo tendió bajo una ancha hoja para protegerse de la lluvia. Se alimentaba con la miel que sorbía de las flores, y bebía por la mañana el rocío de las hojas. Así transcurrió el verano, y luego el otoño, y finalmente llegó el invierno, el largo y frío invierno. Los pájaros que habían cantado para ella tan amablemente volaron todos; los árboles y las flores perdieron su frescura. La hoja de trébol bajo la cual vivía la niña estaba ahora arrugada y marchita, y casi no quedaba de ella más que un seco tallo amarillento. Experimentaba un frío terrible, pues sus ropas estaban llenas de desgarrones y además ella era tan tenue y delicada que poco le faltaba para helarse. Para colmo empezó a nevar, y los copos cayeron sobre ella como si sobre uno de nosotros cayera la nieve a paladas, pues nuestra estatura es la normal, y en cambio la de Pulgarcita no pasaba de dos o tres centímetros. Se envolvió en una hoja seca, pero ésta se rasgó por el medio, y no sirvió ya para retener el calor, de modo que la muchacha temblaba de frío.
Cerca del bosque donde ella estaba viviendo existía un vasto campo de trigo, pero el cereal había sido cosechado ya tiempo atrás, y no quedaba sino el rastrojo seco a ras del suelo helado. Pero para Pulgarcita era como abrirse paso a través de un enorme bosque. Por último llegó a la casa de una vieja ratita de campo que tenía su pequeña guarida bajo los rastrojos. La rata vivía allí cómodamente, rodeada de agradable calor, y con un buen granero lleno, una cocina y un comedor que eran cosa de ver. La pequeña Pulgarcita se detuvo en la puerta como una niña mendiga y suplicó le dieran un puñado de cebada, porque llevaba sin comer bocado casi dos días.
-¡Pobre niña! -exclamó la anciana rata de campo, que era ciertamente de buenos sentimientos-.
Entra en mi habitación, al calor, y cena conmigo.
-Y le agradó tanto Pulgarcita que añadió-: Serás bienvenida si quieres quedarte conmigo todo el invierno. Pero tendrás que asear mis habitaciones y contarme cuentos, pues me gusta sobremanera oírlos.
Pulgarcita hizo todo lo que la rata de campo le había pedido, y se encontró muy cómoda en la casita.
-No tardaremos en tener un visitante -dijo un día la rata-. Mi vecino suele venir a verme una vez por semana. Es más bondadoso aún que yo. Tiene una casa amplia, y viste una hermosa levita de terciopelo. Si lograras tenerlo por esposo te encontrarías muy bien provista. Pero es ciego, de modo que tendrás que contarle algunos de tus más bonitos cuentos.
Pulgarcita no se sintió interesada en absoluto por la persona del vecino, pues éste era un topo.
-Es muy rico y muy instruido, y su casa es veinte veces más grande que la mía -insistió la ratita.
El topo vino al fin, vestido con su levita de terciopelo negro. Era rico y culto, sin duda, pero apenas podía hablar del sol y de las flores, pues no los había visto jamás. Pulgarcita tuvo que cantarle algunas canciones de su repertorio. Y el topo se enamoró de ella al oír aquella encantadora voz, pero no dijo nada todavía, pues era extremadamente cauteloso.
No mucho tiempo antes, el topo había excavado bajo tierra una larga galería que comunicaba la vivienda de la rata de campo con la suya propia. La rata y Pulgarcita recibieron permiso de pasear por aquella galería cada vez que lo desearan. El topo les previno que no se asustaran por la vista de un pájaro muerto que yacía en el pasaje, en perfecto estado de conservación, con su pico y sus plumas, lo que indicaba que no debía de llevar sin vida más que algunos días.
El topo sostuvo en la boca un trozo de madera fosforescente que brillaba como una brasa en la oscuridad y avanzó delante de Pulgarcita y de la rata, guiándolas por el largo pasaje. Al llegar al sitio donde yacía el pájaro muerto, el topo empujó el techo con su ancha nariz, la tierra cedió, y quedó abierto un gran boquete por el cual entró la luz del día. -En el centro del piso estaba una golondrina inerte, con sus hermosas alas plegadas, y la cabeza y las patas escondidas bajo las plumas. Era visible que la pobre avecita había muerto de frío, cosa que entristeció mucho a Pulgarcita, pues la niña sentía gran afecto por los pájaros que habían cantado para ella tan hermosas melodías todo el verano. Pero el topo hizo a un lado el animalito con sus patas torcidas y dijo:
-Ya no cantará más. ¡Qué triste ha de ser el haber nacido pájaro! Me alegro de que ninguno de mis hijos vayan a ser nunca animales que no saben sino chillar: "Pío, pío", y que siempre acaban muriéndose de hambre en el invierno.
-Sí, todo eso es muy cierto, inteligente topo -exclamó la rata de campo-. De qué sirven tantos gorjeos si al llegar el invierno uno se hiela o se muere de hambre? Y sin embargo los pájaros son de ascendencia ilustre, tengo entendido.
Pulgarcita no respondió, pero cuando los otros dos dieron vuelta la espalda, ella se inclinó sobre el pájaro, apartó las plumas que cubrían la cabecita y le dio un beso en los cerrados párpados.
"Quizá sea éste el que me cantaba tan dulcemente durante el verano -dijo-. ¡Cuánto me alegraba tu canto, preciosa avecilla!"
El topo volvió a cerrar el agujero por donde penetraba la luz del día y acompañó a casa a los dos damas.
Aquella noche Pulgarcita, que no podía dormir, se levantó de la cama y entretejió una amplia y hermosa colcha de heno. Luego la llevó adonde estaba la golondrina muerta y la extendió sobre el cuerpo del ave, junto con unas flores de las que había en la habitación de la rata. La colcha era suave como de lana, y Pulgarcita la ajustó a cada lado del pájaro como si quisiera que éste pudiera tener algo de calor sobre la fría tierra.
"Adiós, hermosa avecita -dijo-. Gracias por el delicioso canto con que me obsequiaste en el verano, cuando los árboles estaban verdes y el cálido sol brillaba sobre nosotros".
Al decirlo apoyó la cabeza sobre el pecho del ave, e inmediatamente se sintió alarmada. Porque le pareció que como si dentro del pequeño cadáver algo estuviera haciendo "tum, tum". Era el corazón de la golondrina, que no estaba muerta realmente, sino entumecida por el frío, y que con el calor había empezado a volver a la vida.
Al llegar el otoño, las golondrinas vuelan hacia los países cálidos; pero si ocurre que alguna se retrasa y es alcanzada por el frío, se hiela y cae como muerta, y allí se queda hasta que la cubre la nieve. Pulgarcita temblaba de miedo, muy asustada, porque el ave era grande, mucho más grande que ella, que sólo medía un par de centímetros. Pero trató de hacer valor, arropó mejor a la golondrina y luego trajo una hoja que le servía a ella misma de cobertor y la colocó sobre la cabeza del pájaro. A la noche siguiente se levantó de nuevo a escondidas y fue a ver a su protegida. La encontró con vida, pero extremadamente débil, tanto que sólo pudo abrir los ojos un momento para mirar a Pulgarcíta.
-Gracias, hermosa niña -dijo la golondrina enferma-. He estado tan bien con el calor que me proporcionaste que pronto recobraré mis fuerzas y podré volar hacia las tierras donde calienta el sol.
-¡Oh! -exclamó Pulgarcita-. Hace mucho frío afuera, con la nieve y la escarcha. Quédate en tu cama caliente; yo cuidaré de ti.
Le llevó a la golondrina un poco de agua en el cáliz de una flor. El ave le contó que se había lastimado una de sus alas en una zarza, por lo cual no pudo volar con tanta presteza como sus compañeras que ya estarían a gran distancia en el camino hacia los países cálidos. Por último había caído en tierra, luego de lo cual no recordaba nada más. Ignoraba cómo llegó al lugar donde la encontraron.
El ave permaneció bajo tierra todo el invierno, y Pulgarcita la alimentó con cariño y cuidado, sin que el topo ni la rata de campo supieran nada, pues a ellos no les gustaban las golondrinas.
No tardó en llegar la primavera y el sol empezó a caldear la tierra. Entonces la golondrina se despidió de Pulgarcita, y ésta abrió el agujero que el topo había practicado en el techo. El sol brilló sobre ambas con tal esplendor que la golondrina invito a la niña a partir con ella, sentada en su lomo, y volar las dos juntas hacia los bosques verdes. Pero Tiny, sabía que la rata de campo se entristecería mucho si su protegida la abandonaba de semejante manera, y respondió:
-No; no es posible.
-¡Adiós, entonces! ¡Adiós, bondadosa y hermosa doncellita! -Y la golondrina emprendió vuelo en la luz del sol.
Pulgarcita se quedó mirándola, mientras las lágrimas le brotaban de los ojos, porque la niña quería mucho a la golondrina.
La niña se quedó muy triste. Ella no podía salir al calor y la luz del sol. El cereal sembrado en el campo que rodeaba la casa de la ratita había crecido tanto que constituía un espeso bosque para Pulgarcita, con su pequeña estatura de un par de centímetros.
-Tienes que casarte, Pulgarcita -dijo un día la rata de campo-. Mi vecino ha pedido tu mano. ¡Qué suerte para una niña pobre como tú! Ahora vamos a preparar tu ajuar de bodas. Tiene que ser de lana e hilo. No debe faltarte nada cuando seas la esposa del topo.
Pulgarcita tuvo que hilar lino y lana, y la rata de campo contrató dos arañas para que tejieran día y noche. Todas las tardes el topo venía de visita y hablaba sin cesar del buen tiempo en que habría pasado ya el verano. Entonces fijaría la fecha de su boda con Pulgarcita, pero ahora el calor del sol, era tanto que abrasaba la tierra y la ponía dura como una roca. Sí; se casarían cuando acabara el verano, pero eso a Pulgarcita no le agradaba, pues no abrigaba simpatía ninguna por el cansador topo. Todas las mañanas al salir el sol, y todas las tardes a la hora del crepúsculo, se deslizaba afuera, a la puerta, y cuando el viento apartaba las hojas en el campo sembrado, ella contemplaba el cielo azul y pensaba en lo hermoso que era aquello y en cuánto le agradaría ver de nuevo a su querida golondrina. Pero ésta no volvió. Para aquel entonces ya se habría internado a gran distancia en los hermosos bosques verdes.
Cuando llegó el otoño, Pulgarcita tenía ya su ajuar listo. El topo le dijo:
-Dentro de cuatro semanas tendrá lugar la boda.
Pulgarcita lloró, y dijo que nunca se casaría con el desagradable topo.
-¡Tonterías! -exclamó la rata de campo-. No seas porfiada, o te morderé. Es un topo muy buen mozo. Ni la reina usa terciopelos y pieles más hermosos. Su cocina y sus graneros están llenos de provisiones. Debieras estar agradecida por tan buena suerte.
De modo, pues, que se fijó el día de la boda, en que el topo se llevaría a Pulgarcita a vivir con él a las profundidades de la tierra, donde nunca volvería a ver más el cálido sol que a él no le agradaba. La pobre niña se sentía muy desdichada ante la idea de decir adiós al hermoso sol, y como la rata de campo le había dado permiso para salir a la superficie, así lo hizo una vez más para despedirse del astro.
-¡Adiós, brillante sol! -exclamó, extendiendo hacia él los brazos. Y se adelantó algunos pasos alejándose de la casa. El cereal ya había sido cosechado, y sólo quedaba en los campos el rastrojo seco-. ¡Adiós, adiós! -repetía, abrazando a una florecilla roja que estaba a su lado-. Despide por mí a la pequeña golondrina, si es que vuelves a verla.
-Pío, pío -sonó una voz, de pronto, a sus espaldas. Pulgarcita se volvió y levantó la cabeza: allí estaba la golondrina, volando cerca de ella. Se quedó encantada al encontrar a Pulgarcita. Esta le expresó cuánto disgusto experimentaba al tener que casarse con el feo topo, para vivir siempre bajo la tierra y no volver a ver nunca más el esplendente sol. Y al decirlo lloraba.
-El invierno está ya acercándose -respondió la golondrina- y yo tendré que volar a los países cálidos. ¿Quieres venir conmigo? Puedes sentarte sobre mi lomo y asegurarte allí con tu cinturón. Y volaremos lejos del feo topo y de sus lóbregas habitaciones; lejos, por sobre las montañas, a los países cálidos donde el sol brilla con más fuerza que aquí; donde siempre es verano y las flores son más hermosas. Vuela conmigo, Pulgarcita. Tú me salvaste la vida cuando yo estaba helada en aquel corredor horrible y oscuro.
-Sí, me iré contigo -repuso Pulgarcita. Se sentó a lomos del pájaro, con los pies sobre las alas extendidas, y se ató con su cinturón a una de las plumas más fuertes.
La golondrina se alzó por los aires y voló sobre la selva y sobre el mar, mucho más arriba que las más altas montañas cubiertas de nieves eternas. Pulgarcita hubiera muerto helada en el frío aire de las alturas, de no guarecerse bajo las plumas del ave, dejando sólo al descubierto su cabecita para poder admirar las hermosas comarcas por sobre las cuales pasaban. Por fin llegaron a los países cálidos, donde el sol brilla con más fuerza y el cielo parece mucho más alto. Aquí y allí, en los cercos, a los lados del camino, crecían vides con racimos negros, blancos y verdes. De los árboles, en el bosque, pendían limones y naranjas, y el ambiente llevaba fragancia de mirtos y azahares. Por los senderos del campo correteaban hermosos niños, jugando con grandes y alegres mariposas. Y a medida que la golondrina volaba más y más, cada lugar parecía más amable aún.
Por último se detuvieron junto a un lago azul a cuya orilla, a la sombra de un bosquecillo de árboles de un verde muy intenso, se erguía un palacio de deslumbrante mármol blanco, reliquia de tiempos pretéritos. Alrededor de sus elevadas columnas se apiñaban las vides, y en las cornisas se veían muchos nidos de golondrinas, uno de los cuales era precisamente el hogar de la que había transportado a Pulgarcita.
-Esta es mi casa -dijo la golondrina-. Pero no es aquí donde te convendría vivir. No estarías cómoda. Será mejor que te elijas una de esas bonitas flores, y yo te depositaré sobre ella. Allí tendrás todo lo que puedas desear para ser feliz.
-¡Será maravilloso! -exclamó ella, aplaudiendo de alegría.
Sobre el suelo había una gran columna de mármol que al caer se había partido en tres pedazos, entre los cuales crecían las flores blancas más grandes y hermosas. La golondrina descendió con Pulgarcita sobre uno de los anchos pétalos. ¡Y cuál no sería su sorpresa al ver en el centro de la flor un tenue hombrecito, tan blanco y transparente como si estuviera hecho de cristal! Tenía sobre la cabeza una corona de oro, y en los hombros delicadísimas telas, y su tamaño no era mucho mayor que el de Pulgarcita. Era uno de los silfos, o espíritus de las flores; precisamente el rey de todos ellos.
-¡Qué hermoso es! -susurró Pulgarcita al oído de la golondrina.
El pequeño príncipe temió al principio la presencia del pájaro, que era como un gigante al lado de una criatura tan delicada como él. Pero al ver a Pulgarcita quedó encantado, y se dijo que era la más hermosa doncella que hubiera visto nunca. Entonces se quitó de la cabeza la corona de oro y la colocó sobre la de la niña; le preguntó su nombre y también si quería ser su esposa y reinar con él sobre las flores.
Ciertamente, aquél era un esposo muy diferente del hijo del sapo, o del topo con su levita de piel y terciopelo. De modo que Pulgarcita dijo: "Sí" al apuesto príncipe.
Entonces todas las flores se abrieron y de cada una de ellas salió un minúsculo caballero o una damisela pequeñita, tan bonitos todos que era una delicia mirarlos. Cada uno ofreció a Pulgarcita un regalo, pero el mejor fue un par de hermosas alas que habían pertenecido a una gran mosca blanca. Se las prendieron a Pulgarcita en los hombros de manera que pudiese ella también volar de flor en flor. Luego hubo una fiesta y a la pequeña golondrina le pidieron que cantara un himno de bodas, a lo cual accedió ella lo mejor que pudo. Pero su corazón estaba triste, pues quería mucho a Pulgarcita y hubiera deseado no separarse nunca de ella.
-Ya no te llamarás más Pulgarcita -dijo el silfo-. No me gusta ese nombre; tú eres demasiado linda para llamarte así. En adelante tu nombre será Maya.
-¡Adiós, adiós! -dijo la golondrina, con el corazón apenado, y partió de los países cálidos para volver a Dinamarca. Allí tenía otro nido, en la ventana de una casa en la que habitaba el narrador de historias. La golondrina cantó: "Pío, pío", y de esa canción surgió el presente relato.
Fin.